Tiempo de lectura:
“Mi mamá me ama” … Eso fue lo primero que leí. Recuerdo perfectamente el verano de 1996, el verano en el que aprendí a leer. Mi madre se había propuesto enseñarme, por lo que todas las tardes abríamos el libro Nacho y emprendíamos el viaje del aprendizaje; ella llevando el timón y yo en el asiento del pasajero, observándola, observándome y soñando con todo lo que me esperaba en frente. En ese verano, finalmente, cruzaría el portal hacia el universo desconocido que era para mí la lectura y los libros -mis amados libros-, finalmente cobrarían total sentido.
Todas las tardes nos sentábamos en la mesa del comedor y recuerdo con claridad como mi madre movía su dedo, primero sobre cada letra y luego sobre cada sílaba, invitándome en cada ensayo a repetir lo que vocalizaba. Así lo fuimos haciendo por varias semanas.
Pasó junio y ya reconocía las letras, llegó julio y ya reconocía las sílabas y finalmente, en agosto -cuando mi madre llevó sus dedos al papel y me pidió que vocalizara lo que estaba señalando-, de mis labios, con inmensa timidez y genuina incredulidad, salió la frase: “mi mamá me ama”. La miré y vi en sus ojos el asombro. En ese instante, mi madre se percató de que se había revelado ante mí, el secreto detrás de la lectura. Ya sabía leer, así que, desde ese día, los libros se convirtieron en mis compañeros de aventuras.
Una tarde de esas, siendo aún una lectora novel, le pregunté a mi madre que de donde venían los libros y ella me contestó: “los libros son semillas que se plantan en el espíritu de los escritores. Si las nutren, estas semillas germinan, crecen y cuando florecen, ahí es cuando nacen los libros”.
Desde ese día, comencé a ver los libros como flores y el librero del pasillo era mi jardín. Cada día elegía un libro, como mismo se elige una flor del jardín: observando el despliegue de colores, sintiendo los aromas cautivantes y finalmente eligiendo la más vibrante. En el librero del pasillo, cada libro se alzaba con orgullo, queriendo contar su propia historia y sabiendo que, una vez leído, su breve existencia se convertirá en un recuerdo eterno. Por eso, siempre me han gustado los libros, pero prefiero los libros usados, esos que te cuentan dos historias; la historia escrita en el papel y la otra escrita con marcas de humedad, manchas de vino y olor a guardado. Me gustan esos libros, porque en ellos, muchas veces me pierdo y en otras me encuentro. Me gustan mucho los libros que ya fueron tocados, esos mismos que también tocaron el corazón de quien los disfrutó primero. Y es cierto que me gustan mucho los libros, pero lo que más me gusta son sus historias.
Ya han pasado 27 veranos, desde ese en el que aprendí a leer; y aquí estoy hoy, germinando mis propias semillas y contando mis propias historias.


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